| Síntesis histórica de la
música cubana y sus tendencias actuales. |
La
música cubana esta signada por un complejo proceso
de vínculos histórico-culturales, que se
evidencian en los diversos elementos constituyentes de
las distintas esferas de creación e interpretación.
Comprender todo ello permite explicar la profunda interrelación
dialéctica entre las músicas de tradición
folklórica y popular, así como las enmarcadas
en el ámbito de la llamada música culta,
clásica o de concierto que, constantemente, se reacomodan
en un dialogo intercambio de renovación y permanencia
bajo los mas diversos códigos de percepción
estética. Desde los primeros momentos, esta manifestación
se ha apropiado de sutiles elementos heredados de las diferentes
maneras de hacer que nos llegaron junto con la colonia,
entre los que se destacan los fundamentos hispánicos
y africanos en sus más disímiles propuestas étnico-culturales.
Aunque
se tienen noticias desde 1544 de la ejecución
de obras musicales para el Oficio Divino por el mestizo
Miguel Velázquez, la isla ya contaba con las catedrales
católicas de Santiago de Cuba (fundada en 1522)
y la de La Habana, (consagrada como tal en 1789) en cuyo
entorno se desarrollaron las obras de Esteban Salas y Cayetano
Pagueras. Sin embargo, no es hasta el siglo XVIII en que
aparecen las más tempranas evidencias de la composición
de piezas cubanas, según explica la investigadora
cubana Miriam Escudero.
Importantes procesos socio-económicos y políticos
se gestaban desde entonces en otros terrenos, que llevarían
siglos más tarde al surgimiento de una música
nacional, proyectada hacia la creación folklórico-popular,
o a la música profesional con fuertes raigambres
populares.
Los primeros años del siglo XIX resultaron significativos
en este sentido, en tanto la importación de específicos
modos creativos y estilos músico-danzarios de raigambre
anglo-franco-hispánica junto a patrones fundamentalmente
rítmicos de origen bantú-dahomeyano impuesto
por los músicos negros y mestizos, sentaron las
bases para su conversión en manifestaciones nacionales.
En lo adelante country-dances y danzas llenarían
todo un siglo en el que la formación de una identidad
nacional apuntaba desde la obra de Manuel Saumell e Ignacio
Cervantes, entre otros compositores aún poco estudiados.
Procesos paralelos se dieron además en las zonas
rurales, vinculados a las gestas libertarias y familias
centenarias al decir del Dr. Danilo Orozco.
El convulso
siglo XX fue reflejado también
en la creación y la interpretación de la
música
desde todos los órdenes. Tanto es así, que
la cristalización de importantes géneros
de la música popular cubana y la consolidación
de diferentes formatos organológicos son determinantes
en una caracterización de la época. El son,
el danzón, el danzonete, el cha cha chá,
y el mambo presiden entre otros, las más diversas
cristalizaciones genéricas junto a significativas
concreciones de los formatos instrumentales, como la charanga,
el trío sonero y trovadoresco, el septeto, sexteto,
conjunto, entre otros, y el perfeccionamiento de las diversas
coreografías en un toma y daca con los más
variados estilos individuales: Miguel Matamoros, Ignacio
Piñeiro, Benny Moré, Arsenio Rodríguez,
Antonio Arcaño, Pérez Prado y Enrique Jarrín
son, sin dudas, algunas de las figuras representativas
de todo este proceso. Por su parte la cancionística,
con sus diversas especies - criollas, claves, habaneras y
boleros- imbricadas en el movimiento trovadoresco que se
venía gestando
desde el XIX, pasa a tomar un relevante papel con la apertura
hacia el feeling como movimiento presente desde los años
40.
El disco, la radio, la televisión y el cine, en
tanto medios de difusión dirigidos al producto comercial,
implantaron modas y esquematizaron géneros de los
cuales fueron ejemplos las rumbas, mambos y congas "de
salón", que no obstante, intentaron dar a conocer
al mundo la música cubana.
El lema "Abajo la lira y arriba el bongó", marcó por
su parte el pensamiento estético de la intelectualidad
nacional en los primeros años del siglo XX, lo cual
definió claras y opuestas posiciones: Amadeo Roldán
y Alejandro García Catarla llevaron adelante una
profunda campaña de identidad desde la música
sinfónica y años después, Fernando
Ortiz renovó con su pensamiento las más disímiles
aristas de las ciencias sociales valorando el aporte africano
a nuestra cultura.
Las décadas posteriores se vieron igualmente marcadas
por fuertes procesos socio-culturales en los que desempeñó un
importante papel el Grupo de Renovación Musical
que se propuso, entre sus presupuestos estéticos,
la continuidad de la obra de vanguardia de sus dos predecesores
para, finalmente, tomar caminos diferentes cada una de
sus individualidades, destacándose entre ellos Harold
Gramatges y Argeliers León, en la formación
de escuelas de composición y musicológicas
del patio.
Las nuevas condiciones de vida determinadas por
la Revolución
de 1959 constituyó un incentivo para el desarrollo
artístico en su más amplia dimensión.
La apertura de centros institucionales -Escuela Nacional
de Arte, Escuela de Instructores de Arte y años
después el Instituto Superior de Arte -cuya responsabilidad
fue el rescate de las tradiciones y la promoción
del talento artístico desde todos sus orígenes,
entre otros objetivos diseñados sobre la base de
un profundo proyecto humanístico, llevó sin
dudas a la continuidad de toda esa larga tradición
ya existente en el país, a la vez que contribuyó a
la canalización y sedimentación de vivencias
musicales adquiridas con anterioridad por los múltiples
artistas en sus contextos familiares o vecinales. Todo
este convulso proceso social dio lugar a una amplia evolución
cultural de la cual hoy somos testigos. La obra musical
se vuelve reflejo, desde los más variados ángulos,
del proceso revolucionario, y hoy se conservan antológicas
cantatas en homenaje a importantes momentos históricos.
Por
otra parte, el Grupo de Experimentación Sonora
del ICAIC y la posterior creación del Movimiento
de la Nueva Trova significó un hito incomparable
en el devenir de la tradicional cancionística cubana.
En
la música popular bailable, tras el muy discutible
llamado impasse de los 60, se asistió a
la explosión de nuevos ritmos que alcanzaron una
sorprendente diversidad y que fueron, sin dudas, reflejo
de la búsqueda y confrontación de los músicos
por una identidad propia enmarcada en lo universal. Todo
ello se concretó después en la renovación
tímbrica sonera desde diferentes propuestas, donde
las orquestas de Juan Formell y los Van Van, Elio Revé y
Adalberto Álvarez constituyeron importantes instituciones
y escuelas de la música cubana.
Desde otras perspectivas
de la creación, Chucho
Valdés -heredero de la mejor tradición de
la pianística cubana- con su grupo Irakere, revolucionaron
la música popular bailable con la reelaboración
de elementos del jazz, de los antecedentes africanos y
del son, para sumarse a la pléyade de individualidades
en las que se reúnen las más diversas tradiciones.
La
música reconocida como "de concierto" se abrió a
la renovación desde la vanguardia, imponiéndose
cambios en los códigos musicales acorde a los parámetros
universales y a la experimentación: Juan Blanco,
Leo Brouwer y Carlos Fariñas fueron la avanzada
en este lenguaje, a la que se sumaron Roberto Valera, Héctor
Angulo y Calixto Álvarez, entre otros nombres. Todos
ellos colaboraron además con el desarrollo de un
cine nacional en el que la música desempeñó un
papel decisivo.
La apertura a una música popular de concierto se
desarrolla principalmente desde la solidez de la pianística
cubana. En ella los recursos expresivos y de composición
impusieron nuevas sonoridades en la que se fusionaban recursos
técnico-expresivos de la música clásica
universal, la música cubana y el jazz. Tales ejemplos
se muestran claramente en José María Vitier
y Ernán López-Nussa.
El panorama de los 90
se enriquece en la actualidad con la creación de importantes agrupaciones lideradas
por jóvenes egresados de las escuelas de arte, que
logran recrear de forma novedosa la música de concierto
y la popular contemporánea a partir de la fusión
de diversos géneros cubanos e internacionales.
La
cancionística por su parte, ha continuado presente
desde la óptica de jóvenes continuadores
de todo el legado de la Trova, aunque también incorporan
a sus recursos instrumentales, una amplia gama de efectos
musicales propios de otros géneros cubanos, lo cual
ha llevado a una renovación de estilos y sonoridades;
tal es el caso de 13 y 8, Carlos Varela, Frank Delgado,
y en los últimos tiempos, David Torrens y Polito
Ibáñez.
Se ha desarrollado también un amplio movimiento
coral que da a conocer a nivel internacional los frutos
de todo el sistema de enseñanza cubana: Exaudi,
Coralina, Vocal Leo y Entrevoces, Sampling y Vocalité,
Ars Longa, entre otros, son representativos de este amplio
movimiento estético que se extiende a las masas
y a los niños a través de las cantorías.
A
todo esto se añade la apertura de centros donde
la investigación musicológica se convierte
en eje para el resguardo del patrimonio y la comprensión
de los más diversos hechos, desde la historia y
la contemporaneidad se consolida durante estos años
desde el Centro Odilio Urfé, el Centro de Investigación
y Desarrollo de la Música Cubana y el Museo Nacional
de la Música. El nuevo siglo ha entrado a nivel
internacional bajo diferentes presupuestos socio-políticos
y concepciones estéticas
globalizadotas en la creación, la interpretación
y la recepción de la música a escala mundial.
Al músico cubano y a sus instituciones les corresponde,
de hecho, continuar con la defensa de un patrimonio heredado
de tantos siglos de cubanía.